FUNDADORES

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Rut

Fundadora
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Esteban

Fundador

Tomás

Fundador

James

Fundador

Tomás Gómez

Tomás es el hombre serio, gestor turístico de Don Juan y propietario de la Hostería Camare, cuya familia ha sido protagonista de la organización comunitaria y del trabajo de re-construcción del barrio Bellavista de Don Juan. Tomás ha sido el vecino solidario que habiendo escapado con las uñas de la caída de un segmento de su hostería, a puro pulso va levantando su negocio al mismo tiempo que ha levantado la moral de la comunidad y logró mover cielo y tierra para que sus amigos y clientes colaboraran para satisfacer necesidades básicas de los damnificados de Don Juan. Tomás es un líder nato, conocedor de todos los vecinos, sus historias, los mitos y leyendas de Don Juan y también el gran vínculo con otras organizaciones externas. Además, ha animado múltiples procesos comunitarios en Don Juan y ahora también ha puesto el hombro en la propuesta de A mano Manaba.

Rut Román y Esteban Ponce

Esteban Ponce y Rut Román somos una pareja de ecuatorianos que hemos ido y venido conforme las mareas de la vida. Emigramos en 2001 a EEUU, porque la PUCE de Quito nos comunicó que nuestro doctorado no podía concluir, porque ya no era legítimo debido a la reforma universitaria. Para guinda del pastel una mañana despertamos y los pocos ahorros que teníamos en el banco se habían esfumado en manos del fantasma llamado “feriado bancario”. Nosotros, al igual que 2 millones de ecuatorianos, salimos del país porque aquí ya no había nada para nosotros. La Universidad de Maryland nos ofreció una beca completa (a cada uno) para concluir nuestro PhD en Literatura Latinoamericana. Así fue cómo encontramos una familia elegida entre los latinoamericanos con quienes vivimos durante ocho años felices. Las alianzas y complicidades que se tejen durante la escuela graduada son de por vida. Luego de graduarnos y trabajar en American University en D.C., salimos hacia Virginia dejando familia atrás, no solo a Alejandro, nuestro único hijo (en ese entonces universitario también) sino a “la familia” construida con Dolo Lima, Cari González, Silvia Mejía, Mariano Vales, Luciana Donato, Vivianne Salgado, Omar Karaman. Amigos y parientes de espíritu con quien habías comido, bebido y disfrutado la camaradería de sostenernos mutuamente bajo la forzada tensión del doctorado. En Virginia encontramos la ruralidad del sur de EEUU, un lugar apacible y calmo, parecido en tono a las montañas andinas que extrañábamos. Esteban nunca aceptó la posibilidad de vivir para siempre, jubilarnos y eventualmente morir en ese país. A Esteban lo convocaban Cotopaxi, Antisana, Chimborazo. Los taitas le urgían al regreso.

Y así fue como en el 2013 regresamos con un par de fondos de investigación Prometeo.  Habíamos decidido que el campo era lo nuestro, que los países son más auténticos, diversos y reales en su ruralidad que en las grandes concentraciones urbanas donde las diferencias se han borrado y la cultura local ha cedido a las franquicias globalizantes.

De regreso a Ecuador

Manabí fue nuestro destino, yo traía una propuesta de investigación dirigida a la oralidad manaba leída y escuchada como literatura, evitando la folklorización o las jerarquías impuestas por la academia. Esteban, por su parte, indagaba sobre la condición de equinoccialidad como elemento constante en los productos culturales del país. Trabajamos en Manta con la ULEAM, centro trágicamente alejado del quehacer universitario, donde encontramos aliados honrados como Nixon García, Rocío Reyes, Amalia Reyes, Narcisa Rezavala. A pesar de la amistad y el esfuerzo de estos amigos, nuestro empeño suscitó resistencia en la institución y, luego de terminado el período Prometeo, se nos cerraron las posibilidades de una vinculación estable con la Universidad en Manta. Fue entonces cuando nos llamaron de Guayaquil para apoyar a la Universidad de las Artes. Para allá fuimos con todos nuestros enseres y bártulos, tal como hemos hecho siempre: nos instalamos “como si” fuésemos a vivir 20 años en ese sitio. Guayaquil y la UArtes fueron una experiencia intensa, llena de desafíos, inmensa alegría y compañerismo. Los amigos que dejamos en el Guayas: Norberto Bayo, Aaron Navia, Jorge Gómez Rendón, Andrés Landázuri, Paulina Briones, Arturo Muyulema, Jorge Izquierdo y otros, marcaron profundamente nuestra experiencia académica al mismo tiempo que enriquecieron nuestro legado de amistades de esas que son para la vida. Esos mismos amigos nos ayudaron a embarcarnos con rumbo a Don Juan, Jama. Era el 15 de marzo de 2016, después de dos años y medio de estar construyendo nuestra casa en Don Juan, habíamos presentado nuestras renuncias a ese proyecto cultural y artístico fantástico que es la UArtes.

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El sábado 16 de abril de 2016 a las 16:50 horas

Ese día había sido espectacular, el verdor del invierno manaba resplandecía en contraste con el azul intenso de un cielo despejado. José Luis y Antonio, los maestros carpinteros de Tabuga, habían trabajado las dos últimas semanas con Esteban colocando las estanterías que acogieron nuestra biblioteca de 4.000 volúmenes. Ese día se dedicaron a cepillar cajones, lijar fisuras y encerar los últimos resquicios de nuestros muebles viejos (alguien podría confundirlos por antiguos, pero no eran antiguedades; eran muebles viejos, lindos pero viejos, comprados en mercados de pulgas en Virginia y traídos en el container migrante en el que trajimos la vida acumulada durante nuestros años gringos).

Por la tarde, cuando los carpinteros, los plomeros, los albañiles se habían ido eran las 6:30 pm, la hora de tomar el fresco en Manabí. A esa hora se reúnen los vecinos en el frente de sus casas, sacan una silla y se sientan a la sombra para conversar, ver pasar a los otros: saludar y ser saludados. Ese capital acumulado durante el día es uno de los premios de vivir en un pueblo que no tiene apuro, no debe a nadie ni se atrasa a nada. A esa hora, Esteban, empeñado en colocar el último tomo en la repisa más alta de la biblioteca, se encontraba en el rincón más abigarrado de su estudio encaramado en la escalera, cuando me escuchó llamarlo desde el jardín para que me ayudara con la canasta de la ropa que yo había recogido en ese momento… Esteban salió para cargar la canasta, pesada con la ropa limpia y olorosa a sol. En lo que caminábamos por el sendero hacia la casa empezó: primero ligero, luego constante y finalmente brutal, salvaje. Lo peor o lo mejor que yo haya visto en mi vida: el espectáculo privilegiado de un terremoto 7.8 que borra toda silueta reconocible, unifica cuerpos y desaparece coordenadas. Un evento irrepetible (esperemos) que sucede fuera de la racionalidad de nuestra patética especie.

Nadie puede pretender saber si hay una causa para que los eventos ocurran, nadie puede asegurar que hay un algo que lo detiene o lo empuja al individuo a ponerse a salvo, no, no hay nadie, no hay nada, y yo no tengo lío con eso. O todo lo contrario. Todo es materia y ese todo es lo que sentimos que empezó a sacudirse, primero lentamente, luego, cuando nos dijimos, “ya pasa, ya pasa” y no pasó, ese todo empezó a tomar fuerza, como un gran perro que despierta y se sacude, y mientras más se sacude más gusto agarra en todo lo que bota fuera de sí, así, como un bicho apenas sujeto en la superficie fuimos sacudidos todos: las plantas, los árboles, la casa, nosotros, todos éramos parte de ese todo que se sacudía sin mala intención, sin buena tampoco… sin otra intención que la sacudida… la materia sacudiéndose entera y uno con ella: no hay más. 663 muertes, 35.000 casas destrozadas (la nuestra incluida) y millones de dólares en pérdidas económicas son las formas de cuantificación racional de la especie humana a un evento que no lo es.

La mejor, o si quieren, la única explicación, que encuentro es lo que se hace con eso que nos sucede. En realidad lo que uno hace no explica nada, pero le da sentido a eso que no lo tiene. Y “eso” es la vida, con o sin terremoto.

¿Cómo surgimos?

Una tarde entre el lodo, los escombros y la destrucción, luego de que habíamos levantado vigas para recoger platos y muebles por entre el derrumbe, Alejandra Cusme –mi hermana manaba- y yo nos encontramos en el desaliento, la inmensidad de lo que había por levantar, limpiar, reconstruir… En ese momento dijimos, ya se fue todo pal carajo, vámonos nosotros también, échese el terno de baño y vámonos a la playa, llevamos a Domingo (el burrito mascota de la casa) cargamos sus alforjas con libros y juegos que habían llegado entre las donaciones y bajamos para Don Juan. Esa tarde nos trajo alegría, alivio, sanación: leímos y jugamos con los niños en la playa junto con Domingo, que desde ese momento se convirtió en el Biblio burro de Don Juan. Durante esas semanas en que los voluntarios, las instituciones públicas y la solidaridad de todos nos inundaban con ayuda, comida, agua y cosas para repartir y repartir, nos dimos cuenta que había algo fundamental que era necesario atender.

James Madden

James llego a Don Juan en Abril 2009, como voluntario del Cuerpo de Paz de los EEUU. Se puso a trabajar con la comunidad de una y la gente de Don Juan convirtieron una oficina turística abandonada a una biblioteca, su proyecto mas exitoso. Por más de un año, James y sus vecinos abrieron y manejaron la biblioteca, que tenía su horario, su actividad cotidiana y una bonita colección de libros, y juegos. Este pequeño tesoro se convirtió en un lugar seguro, educativo, y divertido.
En 2010, James seguia viviendo en Don Juan, cuando conocio a Rut y Esteban. Estaban de vacaciones en la misma comunidad y James les mostro la famosa biblioteca. Juraron que iban a volver algún dia… En junio 2013 James salió de Ecuador, dejando su querida biblioteca en las manos de sus vecinos. No sabía nada de Rut y Esteban, aunque en realidad ellos llevaban planificando su regreso a la comunidad durante años!
En 2016, tras el horrible terremoto, los tres se encontraron en Don Juan de nuevo, increíblemente, cuando James volvió de los EEUU para ayudar y chequear su casa. Con la casa damnificada, y la biblioteca también, James decidió donar su solar al esfuerzo de recuperación. Rut y Esteban hablaban de una organizacion nueva, A Mano Manaba…